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Tras intercambiar un par de cordialidades le propongo hacerle unas cuantas fotografías. Wilfredo no cabe en sí mismo de gozo. Le pido que ignore mi presencia y que siga trabajando y actuando como lo haría normalmente. Es inútil. Wilfredo me mira constantemente y cuando no lo hace, sus rasgos se ven repentinamente envueltos en un frío y pétreo dramatismo. Sólo cuando guardo la cámara vuelve a mostrarse como realmente me hubiera gustado captarle.

A sus 63 años de edad, Wilfredo está muy satisfecho con los nueve dólares a la hora que gana repartiendo publicidad en el centro de Manhattan. Miles de personas le ven por primera y última vez a diario a la luz de los coloridos focos de los teatros de Broadway. Pero él no vive ahí, si no un poco más al norte, en el Bronx.
Durante nuestra conversación me recomienda encarecidamente que visite su área, ya que al parecer está habitada sólo por latinos. No deja de repetirme cómo debo actuar en su barrio si pretendo no meterme en problemas. -”Ni se te ocurra levantar la cámara. Tienes que pegartela al pecho”- Me repite hasta tres veces mientras sus manos dibujan en su pecho el lugar en el que deberé colocar mi cámara para pasar desapercibido.

Cuando me pregunta por mí, el hecho de que sea estudiante de periodismo le impulsa a coger un bolígrafo para garabatear letras y números al dorso de uno de los panfletos que reparte. No recuerda un número y saca veloz un teléfono móvil de su bolsillo. Ante la incapacidad de manejarse con el aparato comienza a andar hacia la otra punta de Times Sq dejándome casi sin tiempo para seguirle. Llevo un par de días en Nueva York, pero este hombre anda como si realmente llevara treinta años habitando sus calles. Él no cruza las calles, el navega entre los coches y sus bocinas, indiferente al evidente riesgo que él corre y yo atestiguo.
Al alcanzar la otra orilla de Broadway Wilfredo saluda a un hombre que también se dedica a repartir propaganda. Éste, también puertoriqueño y de nombre Ricarte, además de ser más alto y joven, se muestra también más reservado a pesar de que Wilfredo nos presenta, se limita a tratar de encender el teléfono móvil de su compañero para tratar de facilitarme un número cuya finalidad ignoro. Cuando Ricarte observa que comienzo a fotografiarle me mira y me sonríe.
Más tarde tendría la ocasión de saber algo más de su vida. Me hablaría orgulloso de su pasado militar en el ejército estadounidense, de su condición de ciudadano de los Estados Unidos y de su otro pasado, un camino tormentoso y callejero que le pasó factura en forma de agujeros de bala. Unas heridas que parece enseñarme también con orgullo, ignorando voces espontáneas de viandantes que le piden de malas maneras que se vuelva a poner la camiseta.

Una vez que me he despedido de ellos me quedo pensativo. Tengo una extraña sensación a medio camino entre la satisfacción, por haber conocido a semejantes personas, y la amargura por no tener más a menudo este tipo de experiencias. Parece ser que en las grandes ciudades las personas hemos pasado a convertirnos en frías sombras con un rumbo fijo, ignorantes de lo que les rodea, yo el primero. ¿Cuántas historias como las de Wilfredo y Ricarte nos estaremos perdiendo?

Aún sostengo en mi mano el panfleto publicitario que inició todo esto. La excusa, el nexo si se prefiere, para que unos perfectos desconocidos compartiesen un rato de sus vidas. La leo con detenimiento y sonrío ante la ironía. "Readings by María. Psychic Tarot Cards. She will tell your past, present and future". No se me ocurre ningún anuncio más apropiado.

En ningún momento le dije a Wilfredo que fuese a publicar sus fotografías en periódico alguno, a pesar de su convencimiento. Hoy al menos comparto en Internet esta breve crónica a modo de compensación por el gran rato que me hicieron pasar estos dos amigos puertoriqueños.' />
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Anthonyce



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Ficha de Anthonyce
No acostumbro a aceptar los panfletos publicitarios que regalan por la calle. Mi perfil no es, aún, el de alguien que esté planteándose tomar sesiones de acupuntura o el de un potencial comprador de oro. Sin embargo aquella mañana me encontraba en Nueva York y podría decirse que en aquel momento cualquier cosa era digna de ser considerada un souvenir.

Quizás fue el hecho de que además de cogerle el papel, se lo agradecí. Quizás la lentitud de mis pasos le dio confianza. O quizás simplemente era así con todo el mundo. El caso es que aquel hombre bajito de prominente bigote me preguntó de dónde era.
Tras mi contestación, el semblante de aquel personajillo mutó y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. Las efusivas señales de afecto que empezó a dedicarme contrastaban violentamente con los prejuicios que le había atribuido a aquél hombre en el primer impacto visual. Los surcos de su tez morena dibujaban el rostro de un hombre experimentado pero desgastado por la vida. Su intimidatoria y penetrante mirada no se detenía. Mientras me hablaba, sus ojos escudriñaban todo Times Sq, quizás en busca de más clientes, o quizás por pura costumbre.

Muy cordialmente nos presentamos. Su rostro se ilumina cuando me dice que se llama Wilfredo y que es de Puerto Rico, aunque lleva más de treinta años viviendo en los Estados Unidos. Y se nota. En todo el transcurso de nuestra conversación, Wilfredo alardea de 'spanglish' y utiliza de forma intermitente tanto el español como el inglés, como si hubiera ideas que únicamente supiese expresar en inglés. Escucho con atención cómo predica sobre la vida, el pasado, la sociedad y el futuro mientras empiezo a sospechar sobre la alta probabilidad de no ser el primero que se somete a sus reflexiones matutinas.

Tras intercambiar un par de cordialidades le propongo hacerle unas cuantas fotografías. Wilfredo no cabe en sí mismo de gozo. Le pido que ignore mi presencia y que siga trabajando y actuando como lo haría normalmente. Es inútil. Wilfredo me mira constantemente y cuando no lo hace, sus rasgos se ven repentinamente envueltos en un frío y pétreo dramatismo. Sólo cuando guardo la cámara vuelve a mostrarse como realmente me hubiera gustado captarle.

A sus 63 años de edad, Wilfredo está muy satisfecho con los nueve dólares a la hora que gana repartiendo publicidad en el centro de Manhattan. Miles de personas le ven por primera y última vez a diario a la luz de los coloridos focos de los teatros de Broadway. Pero él no vive ahí, si no un poco más al norte, en el Bronx.
Durante nuestra conversación me recomienda encarecidamente que visite su área, ya que al parecer está habitada sólo por latinos. No deja de repetirme cómo debo actuar en su barrio si pretendo no meterme en problemas. -”Ni se te ocurra levantar la cámara. Tienes que pegartela al pecho”- Me repite hasta tres veces mientras sus manos dibujan en su pecho el lugar en el que deberé colocar mi cámara para pasar desapercibido.

Cuando me pregunta por mí, el hecho de que sea estudiante de periodismo le impulsa a coger un bolígrafo para garabatear letras y números al dorso de uno de los panfletos que reparte. No recuerda un número y saca veloz un teléfono móvil de su bolsillo. Ante la incapacidad de manejarse con el aparato comienza a andar hacia la otra punta de Times Sq dejándome casi sin tiempo para seguirle. Llevo un par de días en Nueva York, pero este hombre anda como si realmente llevara treinta años habitando sus calles. Él no cruza las calles, el navega entre los coches y sus bocinas, indiferente al evidente riesgo que él corre y yo atestiguo.
Al alcanzar la otra orilla de Broadway Wilfredo saluda a un hombre que también se dedica a repartir propaganda. Éste, también puertoriqueño y de nombre Ricarte, además de ser más alto y joven, se muestra también más reservado a pesar de que Wilfredo nos presenta, se limita a tratar de encender el teléfono móvil de su compañero para tratar de facilitarme un número cuya finalidad ignoro. Cuando Ricarte observa que comienzo a fotografiarle me mira y me sonríe.
Más tarde tendría la ocasión de saber algo más de su vida. Me hablaría orgulloso de su pasado militar en el ejército estadounidense, de su condición de ciudadano de los Estados Unidos y de su otro pasado, un camino tormentoso y callejero que le pasó factura en forma de agujeros de bala. Unas heridas que parece enseñarme también con orgullo, ignorando voces espontáneas de viandantes que le piden de malas maneras que se vuelva a poner la camiseta.

Una vez que me he despedido de ellos me quedo pensativo. Tengo una extraña sensación a medio camino entre la satisfacción, por haber conocido a semejantes personas, y la amargura por no tener más a menudo este tipo de experiencias. Parece ser que en las grandes ciudades las personas hemos pasado a convertirnos en frías sombras con un rumbo fijo, ignorantes de lo que les rodea, yo el primero. ¿Cuántas historias como las de Wilfredo y Ricarte nos estaremos perdiendo?

Aún sostengo en mi mano el panfleto publicitario que inició todo esto. La excusa, el nexo si se prefiere, para que unos perfectos desconocidos compartiesen un rato de sus vidas. La leo con detenimiento y sonrío ante la ironía. "Readings by María. Psychic Tarot Cards. She will tell your past, present and future". No se me ocurre ningún anuncio más apropiado.

En ningún momento le dije a Wilfredo que fuese a publicar sus fotografías en periódico alguno, a pesar de su convencimiento. Hoy al menos comparto en Internet esta breve crónica a modo de compensación por el gran rato que me hicieron pasar estos dos amigos puertoriqueños.
· Fecha: Vie 27 Noviembre, 2009 · Vistas: 1474 · Tamaño de Archivo: 221.4kb · Dimensiones: 587 x 800 ·

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